
CONTEXTO HISTÓRICO DEL 8 DE MARZO
Conocer el origen de esta efeméride implica revisar el contexto histórico que la vio nacer y
entender cómo su sentido se mantiene, o se transforma, en el presente.
Existen varias acciones que despertaron el hacer del 8M. Suele afirmarse que esta fecha
conmemora las primeras grandes huelgas de los siglos XIX y XX; aunque eso es solo una parte,
podemos situar diferentes momentos que se consideran hitos fundamentales en la lucha
obrera femenina.
En Europa, encontramos un ejemplo célebre con la huelga de las cerilleras (The Matchwomen)
de 1888. Estas obreras hacían largas horas de trabajo, similares a la esclavitud, con un jornal
ínfimo, sumados a los riesgos de salud derivados del fósforo; de los castigos y el hostigamiento
que sufrían a diario por la patronal, decidieron que no permitirían más humillación. Tras saber
de las condiciones de las trabajadoras en la fábrica de Bryant & May, en Londres, la activista
Annie Besant escribió un artículo que tuvo mucha resonancia social. No tanto por las
condiciones de las obreras, sino porque la burguesía de entonces consideraba que no tenían
que estar en las fábricas, sino en sus hogares. La patronal hizo un documento para que
firmaran sus trabajadoras y, como hubo un grupo de ellas que se negaron, las despidieron. Este
hecho fomentó que hubiera una respuesta y aproximadamente 1.400 obreras de la fábrica se
declararon en huelga. Algunas de sus peticiones se aceptaron, pero no fue hasta 13 años más
tarde que dejaron de utilizar fósforo amarillo.
Desde noviembre de 1909 hasta febrero de 1910, entre 20.000 y 30.000 trabajadores del
sector textil de EE.UU. dejaron de trabajar y exigieron mejores condiciones laborales y de vida,
pero también el reconocimiento de su sindicato. Esta huelga, conocida como “el Levantamiento
de las 20.000” fue excepcional dada la cantidad de mujeres implicadas (el 80% de los
huelguistas eran mujeres, en su mayoría migrantes de Italia y Europa del Este), la duración (13
semanas) y la terrible represión que sufrieron.
Estas protestas sirvieron de base para futuras acciones y para la creación de un día
internacional para reivindicar la lucha de las mujeres obreras. Así, en la II Conferencia
Internacional de Mujeres Socialistas (Dinamarca, 1910), la activista Clara Zetkin propuso que se
aprobara un Día de la Mujer Trabajadora, y, aunque no se concretó un día específico, en los
siguientes años surgieron en distintos países de Europa movilizaciones de trabajadoras donde,
además del voto femenino y ocupar cargos públicos, exigían el derecho al trabajo y a la no
discriminación laboral.

Las demandas de las trabajadoras en aquellas huelgas no fueron algo banal, pues quedaron
patentes las condiciones miserables e inseguras a las que estaban sujetas en el incendio que se
produjo en 1911 en una de las fábricas, en Triangle Shirtwaist (foto, extraída del CNT nº 431,
ref. nota 1), donde más de 100 mujeres, la mayoría inmigrantes judías e italianas, murieron
pasto de las llamas o por lanzarse por las ventanas para escapar de las llamas. Estas obreras
trabajaban entre los pisos 8 y 10 de un edificio con las puertas cerradas a cal y canto (incluidas
las de emergencia) por parte de los patronos, según contaban los mismos, para evitar robos y
descansos no autorizados.
Por otro lado, la “Huelga de las Seis Semanas” [1] de 1913 fue una de las más importantes del
siglo XX. La Constancia, un sindicato formado por una amplia mayoría de mujeres, condujo a la
huelga a 60.000 obreras. Esta movilización que exigía la supresión gradual del trabajo nocturno,
el aumento de sueldo (cobraban un 60% menos que los hombres) y la reducción de jornada
(trabajaban 12 horas y más), se extendió por todas las fábricas textiles de Cataluña. Tras la
dureza de la huelga y las negociaciones del sindicato, el conflicto concluyó con la aceptación de
la patronal de la jornada semanal de 60 horas, sábados tarde libres y la desaparición progresiva
del trabajo nocturno.
A lo largo de las siguientes décadas, el Día de la Mujer Trabajadora se celebraría en diferentes
días de marzo, realizándose de forma intermitente los días 8 en algunos años. Sin embargo, hay
quienes sustentan que fue en Rusia donde el 8M surgió para quedarse. El 8 de marzo (23 de
febrero según el calendario juliano ruso de la época) de 1917, en Petrogrado (hoy San
Petersburgo), las obreras fueron llamadas a la huelga, debido a la situación de hambruna, las
indignas condiciones laborales y la situación general derivadas de la Primera Guerra Mundial.
La movilización de las mujeres arrastró al resto de trabajadores y al partido bolchevique, lo que
generó la gran revolución que implicaría, entre otras cosas, la abdicación del zar.
El Día Internacional de la Mujer fue validado por la ONU en 1977. Aunque el nombre original e
histórico, de entonces y ahora, sería el “Día de la Mujer Trabajadora”, para enfatizar la lucha de
clase y las reivindicaciones laborales de las mujeres obreras, la ONU decidió retirar el término
“trabajadora” por su dimensión revolucionaria.
Todos estos ecos insurreccionales sentaron la base de la lucha actual. No debemos olvidar que
la revolución será obrera y se hará junto a nosotras para conquistar la justicia y la igualdad.
SITUACIÓN ACTUAL
Aunque formalmente se han adquirido más derechos, en el ámbito laboral las mujeres siguen
enfrentando desigualdades profundas: salarios más bajos, contratos precarios, suelos
pegajosos, techos de cristal y la carga de trabajos invisibilizados como los cuidados, mostrando
que la igualdad sigue siendo una quimera. Visibilizar estas situaciones y actuar colectivamente
es la clave. A continuación, se presentan unos datos que reflejan estas situaciones:
Tasa de empleo [2]

Esta gráfica indica que hay más de 10 puntos de diferencia entre hombres y mujeres en los
datos de empleo de años anteriores. Además de las dificultades de acceso al empleo, tenemos
diferencias en el salario que percibimos por diversos factores: aquellos empleos históricamente
feminizados son más precarios; sumados a la carga por cuidados y el menor acceso a puestos
de responsabilidad, son algunos de los factores que influyen en nuestras nóminas.
La comunidad de Castilla y León no es una excepción ya que, según el Observatorio de Igualdad
y Empleo [3], la tasa de mujeres activas es de un 49 % frente al 59 % de los hombres.
Brecha salarial:
En los últimos años, debido al incremento del salario mínimo interprofesional, esta diferencia
se ha reducido, pero aun así esta disparidad constituye un porcentaje muy alto. La diferencia
de los sueldos anuales es de más de 4.000 € y esto se debe en buena medida a la mayor
temporalidad y parcialidad en los trabajos desempeñados por mujeres [4].
La brecha salarial no solo se da en la población activa, también se refleja en las pensiones.
Según datos obtenidos del Observatorio de Igualdad y Empleo, la brecha de género se acentúa
aún más en las pensiones. En la mayoría de los casos, los años de cotización son muy inferiores
a los cotizados por hombres, debido a la inestabilidad laboral provocada por los cuidados y el
peso de las tareas del ámbito doméstico, acusándose esta diferencia en las pensiones en
modalidad no contributiva.
Sin embargo, las diferencias no se reducen a estos datos.
Las tasas de desempleo y los bajos ingresos económicos están ligados a la responsabilidad de
los cuidados. Es un hecho que las mujeres cogemos más excedencias no remuneradas para
encargarnos de los cuidados, y somos nosotras las que nos vemos obligadas a reducir nuestra
jornada laboral o sacrificar nuestros empleos.
A esta realidad se suma, además, la segregación ocupacional que concentra a las mujeres en
determinados sectores como los servicios de limpieza y cuidados, restauración, protección y
vendedores.
Estos trabajos tradicionalmente se asocian con “habilidades femeninas” como el cuidado, la
empatía y el servir, y casualmente son los empleos peor remunerados y con menores
posibilidades de promoción. Por otro lado, los trabajos feminizados se caracterizan por una
mayor precariedad laboral, con contratos temporales o parciales. Esta situación conlleva
menores ingresos y refuerza la dependencia económica.
Hay que hacer especial mención a los trabajos sociosanitarios, donde más del 80 % son
mujeres y, un gran porcentaje de estas mujeres, son personas migrantes. Las condiciones
laborales son muy precarias, con salarios por debajo del mínimo y extensas jornadas que, en el
ámbito de cuidados de mayores en el hogar, suelen ser de 24 horas. La mayoría de mujeres que
realizan trabajos de cuidados de personas en el hogar son mujeres migrantes que se
encuentran en situación administrativa irregular [5].
Las mujeres migrantes son las que experimentan situaciones más extremas en la clase obrera,
pues muchas sufren explotación sexual y económica, violencia física, verbal e institucional. Y
cuando consiguen acceder al mundo laboral, vuelven a ser discriminadas, asumiendo los
peores trabajos porque la patronal se aprovecha de su situación y necesidad [6].
Todas estas desigualdades estructurales, que son el resultado de una socialización basada en la
cultura patriarcal, provocan una limitación en la autonomía de las mujeres, pues restringen la
toma de decisiones y la participación en la sociedad.
EL ACOSO EN EL MUNDO LABORAL
No podemos olvidar el maltrato y los abusos que sufren las empleadas en algunos lugares de
trabajo. No es un problema individual, sino el reflejo de las desigualdades estructurales que
afectan directamente a la seguridad, la salud y la trayectoria profesional y personal de quienes
lo sufren.
El acoso se manifiesta de múltiples formas. El acoso por razón de género se da cuando una
persona es discriminada, humillada y hostigada por su género, mientras que el acoso psicológico consiste en conductas repetidas que buscan aislar, intimidar y, en muchas ocasiones, forzar la salida del puesto de trabajo. Otra de las manifestaciones es el acoso sexual ,el cual incluye comentarios, gestos, insinuaciones o contactos físicos no deseados con
connotación sexual, así como chantajes vinculados a favores sexuales.
Según el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo [7], más de una de cada cuatro
mujeres ha sufrido acoso sexual en España. El 28,5 % de mujeres entre 17 y 74 años. La
incidencia más alta se da entre mujeres jóvenes, migrantes o con contratos temporales; sin
embargo, la mayoría de los casos no se denuncian, ya sea por miedo a las represalias, por
perder el empleo o la posibilidad de una deportación, además de la falta de confianza en los
mecanismos de protección existentes.
Por ello, es importante crear redes de apoyo y sororidad que protejan, impidan y señalen a los
culpables.
Debemos exigir a las empresas el cumplimiento y activación de los protocolos frente a la
violencia machista. El protocolo de prevención y actuación frente al acoso sexual y al acoso por
razón de sexo y otras violencias machistas es obligatorio. Además, están obligadas a formar a
toda la plantilla en la prevención del acoso sexual y sexista. Lo ideal sería hacer formaciones
que impliquen hablar y escuchar, no solo que sean pequeños cursos online que le das al clic sin
mirar y sin procesar nada.
Las consecuencias del acoso son profundas: estrés, ansiedad y depresión; a nivel profesional,
abandono del puesto, estancamiento laboral y limitación de oportunidades de promoción. A
nivel económico, afecta a los ingresos y perpetúa la brecha salarial.
En resumen, el acoso laboral y sexual demuestra que la desigualdad de género no se limita a
los salarios o el acceso a cargos directivos, sino que afecta a la seguridad, el bienestar y la
autonomía profesional de las mujeres, reforzando las barreras estructurales.
EL 8 DE MARZO EN LA ACTUALIDAD
El 8M sigue siendo una jornada de lucha con convocatorias en todo el mundo. Solo en España
se convocaron en 2025 casi 2000 [8] manifestaciones, con una afluencia de cientos de miles de
personas.

Tras más de un siglo de origen vinculado a la lucha obrera, todavía es necesario luchar por
conseguir los derechos que hoy nos siguen negando. Muchas personas se preguntarán por qué
es necesario continuar con las reivindicaciones; la realidad es que las desigualdades
estructurales continúan superando los derechos conquistados, lo que evidencia que el proceso
hacia la igualdad efectiva sigue incompleto.
El 8 de marzo es una jornada de lucha impulsada por las mujeres, que mantiene vivo su origen
obrero y reivindicativo contra un sistema que se sostiene sobre su explotación. Hoy, como ayer,
el 8M pone en el centro las desigualdades estructurales que atraviesan la vida de las mujeres,
especialmente en el ámbito laboral. El capitalismo patriarcal continúa organizando el trabajo y
la vida en base a la desigualdad de género, condenando a millones de mujeres a la
precariedad, la parcialidad forzada y la doble jornada. La brecha salarial, la precariedad, la
feminización de los sectores peor remunerados y la sobrecarga de cuidados siguen siendo una
realidad cotidiana para millones de trabajadoras.
Mientras se habla de igualdad desde las instituciones, el 8M desenmascara esta hipocresía
porque no hay igualdad posible dentro de un modelo económico que necesita la subordinación
de las mujeres para reproducirse.
En un contexto en el que se intenta institucionalizar el feminismo, el 8M recuerda que la
igualdad formal no es igualdad real. Las mujeres continúan sosteniendo gran parte del trabajo
imprescindible para que la sociedad funcione, ya sea en los centros de empleo, en los hogares
o en los servicios públicos, sin que este esfuerzo tenga un reconocimiento económico y social
justo. Por eso, el 8 de marzo sigue siendo una fecha incómoda, porque señala las
contradicciones de un sistema que se apoya en la desigualdad de género.
El 8M sigue siendo, en definitiva, una jornada de denuncia y de organización colectiva, que
conecta las luchas feministas con las luchas de la clase trabajadora y reivindica que, sin
derechos para las mujeres, no hay justicia social.
En este 8 de marzo exigimos derechos reales para las mujeres trabajadoras:
reclamamos unas condiciones laborales dignas, el fin de la precariedad, igualdad salarial
efectiva, protección frente al acoso y la violencia en el trabajo y servicios públicos fuertes que
garanticen cuidados, salud (también salud mental) y una vida libre de explotación.
Reivindicamos el reconocimiento y la defensa de todas las trabajadoras, especialmente de
quienes sostienen los sectores más precarizados. Apostamos por la organización colectiva, el
sindicalismo combativo y la movilización como herramientas para conquistar derechos y
transformar nuestras condiciones de vida, porque sin justicia social y laboral no puede haber
una verdadera liberación de las mujeres.
Nuestra respuesta no será individual: tenemos que organizarnos, tenemos que luchar, debemos
construir juntas un mundo donde la vida valga más que la autoridad, el beneficio o la obediencia.
Fuentes:
[1] https://www.cnt.es/noticias/huelga-y-manifestacion-relato-en-femenimo/
[2] Tasa de empleo y brecha de género según grupos de edad y periodo. https://www.ine.es/jaxiT3/Datos.htm?t=10879
[3] https://observatorioigualdadyempleo.es/estadisticas-2/#tasadeactividad
[5] https://www.cnt.es/noticias/8m-las-mujeres-trabajadoras-estamos-desbordadas-y-estamos-hartas/
[6] https://www.cnt.es/noticias/8m-2023-unidas-en-la-accion-rompemos-las-fronteras/
[8] https://www.elsaltodiario.com/8marzo/mapa-manifestaciones-acciones-8-marzo-2025
